domingo, febrero 14, 2010


Amigos, para el Día de Los Enamorados aquí va un cuento que tal vez recuerden de nuestro taller de Celarg, en 2003.



LOS GATOS PARDOS


El primer mensaje que se había posado en su buzón de correo electrónico cual ave extraviada camino al sur tuvo que ser un error de dirección: no era posible que el destino le deparase adrede, especialmente para ella, una tan luminosa sorpresa. Atisbó la sala de Procesamiento de Datos bañada en la fija luz fluorescente y le pareció la misma sala de siempre con las mismas personas embutidas en sus estaciones de trabajo entre el plafón pajizo tipo acústico y la alfombra gris tipo resistente al desgaste. Enfrente, Olivia estaba tejiendo con disimulo debajo de la mesa y no se percató de su conmoción. Sin pensarlo mucho bajó la vista y contestó la carta a hurtadillas, medio en juego, medio en un impulso desesperado por retenerla y hacerla suya de verdad. A las once de la mañana del día siguiente llegó otro mensaje. Desde entonces esa correspondencia se anidó en el umbral de su vida cotidiana en aquella zona imprecisa que se extiende entre las realidades aparentes y ocultas. Allí encuentra ella un antídoto a la vida, un refugio donde su existencia monótona burbujea y florece, allí se siente especial y única, a su antojo. Algunos hombres ya la han tocado, pero nadie tan de cerca como ese desconocido que le toca los sueños, ese hombre que le escribe y quién sabe de dónde. En el globo virtual las distancias son todas iguales, los mensajes llegan con la misma indiferente eficiencia desde tu propia calle como desde la Patagonia, Islandia o China, cualquier lugar exótico donde alcance la imaginación humana y los tentáculos soft y hard de los grandes monopolios tecnológicos.
¡Ay! pero ese corresponsal no puede estar tan lejos.
Ella sólo conoce el nombre con que firma sus cartas y por supuesto no es su nombre, nadie puede llamarse “Gatopardo”, por favor, no en ese espacio de tres dimensiones donde comemos, evacuamos y cobramos el sueldo mensual; en cambio él, Gatopardo, poco a poco y con verdadera maestría sembró claves y pistas llevándola a creer que adivina su ser corpóreo también, o — suposición más terrenal y deliciosa — que la está observando de cerca. Desde el principio esta correspondencia prendió la luz en su vida, pero la sospecha de ser vista le dio tonos de fuego. “Me excita saber que me estás espiando” se atrevió escribirle hace algún tiempo, y él se mostró complacido con esta declaración obviando la suposición implícita, sin confirmar ni desmentirla.
La confirmó en los días siguientes describiendo con minuciosa ternura algunos gestos inequívocamente suyos: mordisquear la punta de un lápiz, pasar la lengua por el labio superior en momentos de indecisión, rotar distraídamente la sortija en su dedo anular izquierdo entre el índice y el pulgar derecho; mencionó, como de paso y hablando de otras cosas, la manera poco usual en que ella solía sujetar el bolígrafo en la solapa de sus castas blusas almidonadas. Quiso dejar constancia de que la conocía en el espacio real también, ya no quedaban dudas al respecto. Las palabras escritas en la pantalla de su computadora desataron en ella la violencia de existir, se tornaron sortija, dedo, labio y lengua; se compró camisetas escotadas y vestidos ceñidos, trocó los eternos zapatos de dignidad incorruptible por sensuales sandalias doradas. Atraviesa las horas volando sobre sus tacones altísimos en la voluptuosidad de la atención ajena, preñada de su secreto, iluminada por la espera de recibir en su computadora la dosis diaria de cocaína por correspondencia.
Cualquiera puede ser él. El tipo con gemelos del edificio de enfrente, ese vecino que la mira raro en el ascensor, el dependiente del Videoclub, Sony el contador, el licenciado Horovitz asistente a la Vicepresidencia o ¿tal vez, ¡ah! hasta el propio Vice en su multinacional y bronceada persona? ¿Su oído aguzado habrá detectado cierta complicidad en el último gracias por el café señorita? Sea quién fuese, algún día tendrá que delatarse con un zarpazo involuntario, un rugido reprimido de Gatopardo. Ella los espía a todos, detalla las maneras de ser de cada hombre en la Compañia, atenta especialmente a sus palabras, buscando en ellas algún eco extraviado de esas tormentas que los emails desatan a diario en las zonas erógenas de su cerebro. Por primera vez en su vida el mundo está lleno de hombres. Los observa pasando la lengua por el labio superior, en ese gesto antes inconsciente y ahora sensual adrede, penetra sus miradas que no la ven, o la ven a medias, o resbalan perezosamente sobre su superficie de mujer, algo esquivas y algo lascivas, y en regla general algo sorprendidas también por los cambios que están ocurriendo en su aspecto habitual de solterona descuidada. Tiene un amante, concluyó Olivia observándola disimuladamente por encima de su propia pantalla. Y Jim Keith se maldijo en silencio por no haber sido capaz de fijarse durante tantos años en el tremendo potencial erótico de su asistente personal. Desde que se soltó el moño y emergió de su capullo de blusas deformes y lentes cuadrados, ya era demasiado tarde. Hizo un intento, cómo no — pero ella ignoró sus avances de manera humillante, ni siquiera se dio por enterada. No le quedó otra al licenciado que devolverse las manos y el orgullo al lado habitual de su escritorio ejecutivo donde se irguió en toda su corta estatura y desahogó su frustración sexual en forma de una avalancha de informes. Horas y horas extras sin cobrar – y si no le gusta, señorita, hay filas de candidatas para llenar la vacante. Cosa rara, el castigo no pareció importarle, aceptó con sumisión de esclava cualquier trabajo adicional que le encargaban.
No se le ocurrió a su jefe que ella anhelase cualquier pretexto para quedarse en las oficinas fuera del horario regular. Sola, sin testigos, con su computadora y el acceso al correo electrónico tiene todo lo que su corazón necesita. Y el camino libre — ¡al fin!—para investigar. Martilla el teclado con la furia de ciento veinte palabras por minuto esperando que Mateo, el vigilante, termine su ronda para lanzarse tras las huellas de su felino corresponsal. En su fuero interno ella sabe su esfuerzo inútil, ninguno de los hombres que trabajan allí sería capaz de escribir como él, y no obstante fisgonea en las computadoras ajenas, registra gabinetes indefensos en pos de descuidos y deslices, contraseñas pegadas en el interior de las gavetas, notas olvidadas sobre los escritorios y dentro de las papeleras. En las oficinas vacías las sombras de la noche ablandan las pantallas y el vidrio de los tabiques se vuelve permeable a la oscuridad. Todo es gris, desconocido y posible bajo la luz endeble de las lamparitas de ambiente embutidas en el plafón; misterios insospechados afloran en la quietud de los aparatos de aire y de los teléfonos en reposo. Ella sortea los pequeños abismos personales y secretitos privados, no le interesan las fotos ambiguas, los frascos de Viagra en los cajones de uno que otro licenciado, ni siquiera el novedoso consolador de tres velocidades en la bolsa de tejido de Olivia, cada cual tiene derecho a lo suyo ¿no?, tampoco quiere ahondar en ese algo equivocado y oscuro que parecen exhalar los ambientes desvestidos de su actividad diurna, —nada concreto desde luego, un olor tal vez, un tenue malestar que acecha de todos modos tras tantos informes y tantos años de procesar datos y hacer el café sin saber realmente para qué sirve todo eso— total, los negocios de la Empresa no le incumben, ella se afana en lo suyo, busca, revisa, investiga — pero ni rastro de Gatopardo.
Al día siguiente, frustrada y ojerosa, encuentra un nuevo mensaje en su buzón de correo: “!Ay! mi gatita salvaje. Por favor ten cuidado: no es bueno que te pillen husmeando por las oficinas de noche. Créeme, en esas grandes empresas mientras menos se sabe, mejor. Y no vale la pena: no podrás encontrarme hasta que yo lo quiera.”
La gatita salvaje no logra reprimir un maullido convulso, despertando la solícita curiosidad de Olivia. El corazón se le sale del pecho, galopa entre las estaciones de trabajo, se lanza por la ventana en un “salto mortale”, da diez vueltas en el cielo y termina por estrellarse, jadeando de terror y dulzura, en la alfombra a sus pies.
—A ti te pasa algo, amiga— insiste Olivia; el momento es bueno para insistir, ella revienta de deseo incontenible por contárselo todo, a Olivia o a cualquier persona dispuesta a escucharla, necesita hablar de Gatopardo, de las cartas (tiempo hace que se muere por presumir con ellas); vacila, abre la boca — pero no. Se traga su sollozo y su secreto, se sofoca casi pero resiste y sólo menea la cabeza, que no. No le pasa nada. Un dolorcito que le da a veces acá, en el costado, sin previo aviso. No confía en esta entrometida ni en nadie, debe proteger su felicidad.
Su valor de no abrir la boca se ve recompensado: desde ese día la temperatura sube y los atrevimientos se precipitan. El maestro del suspenso sabe cómo jugar con ella, gato grande con la gatita consentida, palpitante de ganas de estar por fin apresada entre sus patas. En los días que siguen las cartas adquieren un tono cada vez más cálido, del cálido pasan a sensual a la vez que insinuante, de sensual pasan a desvergonzado, de insinuante pasan a explícito. Incluso muy explícito:
“Te imagino caminando por el corredor oscuro en tus sandalias doradas” escribe, (ella pasará horas buscando a hurtadillas en sus propios mensajes enviados: ¿alguna vez le he mencionado sandalias? ¿Le dije que eran doradas?), “caminas entre puertas cerradas; un ventilador enorme al final del pasillo remueve el aire y levanta amorosamente tu falda” (jamás—está segura de eso —jamás le habló del pasillo de Archivos en el Sótano Tres, ¿por qué lo hubiera hecho?). “Quisiera estar detrás de una de esas puertas, abrirla en el momento oportuno y arrastrarte dentro de un cuartito aislado donde serán mis manos las que levantarán tu falda y se deslizarán debajo de tus bragas. Te aprisionaré allí contra la pared y acariciaré tus muslos y nalgas, nada más, sin tocarte donde más anhelas, hasta que me pidas a gritos la clemencia de poseerte. Pero sólo te haré sentir mi dureza contra tu vientre y mis manos seguirán en lo mismo hasta que estés lista, al borde de explotar, explotando casi... ¡Ay! y entonces te empujaré frustrada y enloquecida de vuelta al corredor, ahora iluminado y lleno de gente donde no podrás seguir acariciándote sola, ni siquiera buscar alivio exponiendo tu sexo ardiente a la brisa del ventilador. Te seguiré viendo, oculto, gozando de sentirte insatisfecha, hambrienta de mí... Te quiero muy hambrienta. Perdóname, mi gatita. No resisto la delicia de hacerte sufrir. Sé que estás sufriendo en este mismo instante, leyéndome. Ten paciencia. Te compensaré con creces esa espera, haré todo lo que necesitas para que vibres y grites de placer, hasta que estés ahíta y ronroneando. Es una promesa firme.”
El mensaje le llega de noche, (otra vez horas extras, alivio de luces bajas, tensión de sillas vacías.) Lee y vuelve a leer esas palabras. “¿Cuándo será?” teclea desesperada, “¡dime cuándo, Gatopardo! “ Se imagina todo, vibra, tiembla, se acaricia allí donde él posó sus manos virtuales y también donde dijo que no, qué pecado, sola frente a la pantalla parpadeante, sola en la sala de Procesamiento de Datos, las ventanas cerradas, las cortinas corridas, se corre sola en el corredor de su mente, pero ilusionada y soñando, y no sabe con quién. Pero es indiscutible que el día anterior la enviaron al Archivo en el Sótano Tres, donde, efectivamente, atravesó el pasillo largo y estrecho que culmina en la reja de un enorme ventilador y, es cierto, la corriente de aire hizo volar su falda y acarició su sexo. ¿Cómo pudiste saberlo? Puertas cerradas por ambos lados... ¿Tras cuál de ellas estabas, bandido?
Llega a su casa cual sonámbula, toda al revés; pone granos a las matas, riega al canario, se maquilla para dormir y se acuesta desnuda sin quitarse las sandalias, le falta el aire, la corriente de aire; entre la suavidad de las sábanas y el peso del colchón fantasea con el pasillo largo y oscuro y el Gatopardo acechando tras cada puerta. No logra conciliar el sueño. Saca del ropero una de sus amplias faldas de siempre y la corta a mini, más mini no se puede, dobla el ruedo con la plancha a vapor y cose hasta el amanecer. No ve la hora en que apunte el día para causar alboroto en la sala de Procesamiento de Datos. ¿Cómo pudo esconder durante años un par de piernas como las suyas debajo de tanta ropa, virtud y pudores?
A las once le llega un escueto mensaje de respuesta. Una sola palabra:
“Hoy.”
Una descarga tumba los breakers de aire acondicionado y hace estremecer a todos los protectores de corriente. Hoy. Casi se desmaya de espera, toda ella palpitante de espera por ser acariciada y maltratada por él. La espera se le metió en el cuerpo, le aprieta el bajo vientre y camina por su espalda, la mueve a suspirar hasta que los pechos se le salen del escote, a cruzar y descruzar las piernas ante los ojos de Jim Keith mientras éste le dicta un memorandum y suda como un condenado, el maldito aire no funciona, tome nota señorita, ehem. Bien.
—Y lléveme estas carpetas a Archivo a mediodía. Bien.
—Y hágame el favor de usar ropa más apropiada para el trabajo, se está haciendo notar demasiado.
A su jefe se le eriza hasta el bigote. Se quita los lentes y ocupa las manos en limpiar el empañado con un kleenex. Ella, con un mohín compungido se acaricia los muslos en un vano intento de cubrirlos con la faldita. El Gatopardo la tiene en sus garras y no la suelta más ni por un instante. Los cristales gruesos de las gafas de Olivia brillan con severidad divertida encima de su pantalla, mientras considera regalarle un consolador a su compañera de parte de “el amigo Secreto” en Navidad, pues los hombres no sirven para nada, ¡qué va!, luego duda: falta más de un mes y esto parece una emergencia.
Pero el tópico de interés cambia de giro al final de la mañana con la llegada del equipo de técnicos encargados de poner en práctica las últimas decisiones del Comité Para el Mejoramiento del Rendimiento Laboral. Dos de ellos la desalojan de su puesto, meten la mano en su computadora, entran al sistema operativo... — ¿Qué me están haciendo? — pregunta ella, pasmada.
Olivia le informa en un susurro que están matando los virus, limpiando los archivos personales y desconectando los accesos a Internet. Las mesas tambalean y los cuadrados de luz fluorescente se hacen papilla ante sus ojos. — ¿Y mi correo?—balbucea agonizando. El jefe de los técnicos consulta su lista y confirma que será eliminado. A todos los empleados de grado menor que ocho se les cierra el buzón de correo, las estadísticas han demostrado que...
Las uñas afuera, resucita y se abalanza sobre esos verdugos tratando de frenar el proceso de la destrucción. No le pueden eliminar el correo electrónico. ¡Por favor, no! Por lo menos, no hoy, no ahora. Que le den una prórroga, ¡sólo una tarde de prórroga! En nombre de Dios y la meritocracia, que tengan piedad, apenas le falta un mísero grado para llegar a ocho, como Olivia... ¡No le hagan esto, por favor, por favor! Su corazón desconectado se marchitará y se irá con el viento cual hoja seca al llegar el otoño. (Especialmente hoy, él dijo que hoy, iba a revelarse ante ella ¡HOY! —¿y cómo sabrá cuándo y dónde sin el próximo mensaje?)
El informe del Comité está basado en una cuidadosa vigilancia de la gente por la red de cámaras escondidas y el lamentable comportamiento de esta empleada confirma sus peores conclusiones. Esa chusma de grados inferiores gasta en páginas porno y cuartos de chateo montones de tiempo que le pertenece a la Empresa. Sordos a sus ruegos y protestas los técnicos se afanan en su infame labor que queda concluida en pocos minutos antes de pasar a la estación de trabajo siguiente. Aturdida, impotente, ella recupera por fin la pantalla opaca y ya nada suya, pulsa con desespero los botones de siempre, teclea y vuelve a teclear su contraseña de siempre, pero la computadora no reacciona, limpia e inocente como recién instalada, simple caja de plástico diseñada para procesar informes.
En un santiamén toda su felicidad secreta quedó hecha añicos. El dolor de la pérdida le tuerce el estómago en una violenta arcada. Renuncia a los intentos inútiles, pierde su aura sensual y se desploma en la silla cual muñeca de goma desinflada.
Menos mal que el reloj automático anuncia la pausa del mediodía. Olivia propone ir juntas al comedor y al no obtener respuesta alguna se aleja meneando la cabeza con apesadumbrada sabiduría. La infeliz enamorada queda sola en la sala de Procesamiento de Datos. Sobre el escritorio, frente a su mirada nublada por el sufrimiento comienza a precisarse la pila de carpetas que hace siglos, — aunque sólo transcurrió una hora— su jefe directo le encomendó llevar al Archivo; y junto con la visión de las carpetas emerge en un nuevo arranque de vida el verdadero significado de los últimos mensajes del Gatopardo. ¡El Archivo! ¡ El corredor del Sótano Tres!
Éste es el lugar de la cita. No puede ser otro. HOY. ¡Ahora!
Agarra las carpetas y sale volando.
Apenas se abren las puertas del ascensor frente al largo corredor de sus sueños siente que está en el sitio correcto. Todo va a pasar como lo dijo él. Ha recibido todas las señales y el encuentro es inevitable. La excitación le eriza la piel y los latidos del corazón palpitan en todo su cuerpo al ritmo del traqueteo del ventilador implacable como el destino, mientras camina paso a paso hacia la reja oscura al final del pasillo y el viento se introduce con descaro debajo de su minifalda. Ni siquiera emite un chillido cuando ocurre exactamente lo que estaba esperando. En la vida real, esta vez. Una de las puertas laterales se entreabre primero, luego se abre de par en par y ávidas manos masculinas la arrastran dentro de uno de los depósitos del Archivo. Ella cierra los ojos y coopera con su destino sin oponer la más mínima resistencia, sintiendo ¡por fin! en ambas nalgas la indescriptible felicidad de las ansiadas manos de Gatopardo.
—Eres tú, mi amor, por fin tú... – susurra desmayada, y él, sin parar de palparla confirma con la voz ronca de deseo y que no obstante le parece conocida: —Yo, yo, yo...
Abre los ojos y, a pesar de la penumbra que reina en el cuartito se sobresalta de sorpresa al no descubrir ninguna cara a la altura de la suya antes de bajar un poco la vista y encontrarse con su jefe directo, Jim Keith, aferrado a su trasero con los ojos desorbitados tras sus gafas y la boca torcida en un rictus de sátiro, babeando y balbuceando: — Dios ¡Cómo esperé por ti! Me iba a morir si no venías...
Las carpetas que aún apretaba contra el pecho se le caen de las manos. —¡Usted...! — exclama petrificada — Licenciado... ¡usted!
—Llámame Jimmy...
—Usted...
—En persona y loco por ti...
—¡Usted me atrajo aquí!
—Admito que lo hice... Y me entendiste, mi guapa, mi chica lista ¡ entendiste cuando te dije “archivo”...! ¡Cómo esperé por ti!
—Usted es...
—Sí, mi gatita preciosa. Un desgraciado... Eso soy... Y todito para ti.
Ella siente su miembro hincarse en sus muslos, recuerda cómo la miraba últimamente, recuerda las cartas y el molino dentro de su cabeza gira a velocidades vertiginosas revolviendo sueños y realidades hasta que con un estrepitoso ¡bingo! todas las piezas del misterio encajan en su sitio en la deslumbrante luz de la única verdad posible. ¡Por Dios!¡Tenía que ser él! ¡Todo el tiempo ha sido él! ¿Quién más podría conocerla tan íntimamente como su jefe directo? Los hechizos de sus mensajes borrados se concentran en una marea de lava que le sube por dentro arrasando con lo anodino de los rasgos de licenciado Keith, su aburrida personalidad y escasa estatura, total, con todo que no sean las palabras ardientes que le escribía y las manos que le acarician las nalgas e insisten, insisten, como en la última carta, ¡ay! cómo insisten, sin hablar de esta cosa enorme cuya dureza la desquicia... La lava se desborda, ella es un volcán ahora, vibra en sus manos, late en sus manos, palpita, lanza cohetes. Se agacha un poco, abre los brazos y le suspende al cuello sus setenta y tres kilos de carne enamorada.
—Mi Gatopardo... – susurra casi desmayada — Mi Gatopardo ¡Cuánto soñé con este momento! ¿Cómo pude ser tan ciega? Dios mío, te amo ¡Te amo!
Ninguna secretaria antes de ella le había dicho eso. La inconfundible sinceridad con que lo dice puede mover montañas y pervertir una sana intención sexual en Dios sabe qué cosa. A él lo toma por sorpresa, le nubla la mirada y las gafas, lo fulmina con el rayo de una revelación. Ella acerca el rostro al suyo y con los últimos restos de cordura repite:
— Eres mi Gatopardo, ¿verdad?
Y Jim Keith, su jefe directo desde hace siete años, incapaz de hablar pero halagado y enardecido por tan fiero apodo, le devuelve la mirada enloquecida y para complacerle mejor arquea el lomo y emite feroces gruñidos de felino grande en la selva:
—¡grrrrr...! grrrrr... grrrr...


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En el mismo Sótano Tres, a cuatro puertas de distancia, frente al panel de múltiples pantallas, el escritor frustrado —quien para subsistir tuvo que conformarse con un infame empleo por turnos en la Central de Control Total que la Empresa mantiene discretamente oculta —ese escritor olvidado por Dios y los editores suspira su dolor y desencanto mientras pone el punto final al último grrrrr del relato. ¡No era ese el desenlace! Se le fue de las manos la protagonista, concluye enfocando con indudable masoquismo la cámara escondida número S318 que da al depósito, donde la que fue su gatita salvaje está retozando sobre un lecho de carpetas con su jefecito gringoide quien inicia con verdadera furia amorosa el tercer round del encuentro. ¡Qué mujer! Y todita creada por él...
El escritor prende un cigarrillo y los observa por un rato con melancólica frustración. Cuatro puertas. ¡Sólo faltaron cuatro puertas...! Y ese imbécil tuvo que interponerse cosechando para sí los frutos de semanas de cuidadosa preparación en la que él invirtió tanto trabajo, finura y talento literario. Qué asco. Eso comprueba su teoría de que ni el narrador más omnisciente y maquiavélico domina todos los elementos de su propia creación; siempre pueden surgir uno o varios factores inesperados que alteren el producto. ¡Cuatro puertas! Y ¿quién hubiera pensado que ese molusco importado ha sido dotado de un aparato de tan escandaloso tamaño con que la naturaleza en su fantasiosa sabiduría suele recompensar a algunos enanos? ¡Encima, qué desempeño! Y ella, dulce amada, ¡ay! cuánto necesitaba esto, pobrecita, y todo por culpa de él, su único y verdadero Gatopardo, quien la cocinaba a fuego lento y la mantenía a punto de caramelo, ¡para otro, maldita sea! —cómo se contorsiona y gime... Se ve tan feliz, la gatita, se muere y renace y pide más y más y más... Diablos. Y ni siquiera le queda la vía electrónica para... ¿para qué? ¿Acaso vale aclarar las cosas? Ese momento tan preparado, esa explosión del primer encuentro no podrá recuperarse jamás.
Es más: el escritor tiene que admitir a regañadientes que en cierto terreno específico pierde cuanto menos uno a dos a un tal Jim Keith. ¿Qué haría él con semejante volcán femenino después de ese fenómeno de tamaño y aguante? Y eso que la creó romántica y pudorosa, que derrochó tanta prosa para despertar sus instintos... Pendejo, claro... pero, por otra parte: ¿qué prueba más elocuente de su fulminante talento?
Una vez perdido… Respira hondo una y otra vez y de pronto se siente magnánimo como el mismo Dios. Al fin y al cabo tiene el poder de rescribir el final de la historia.
Con lo poco de sonido que se capta por el circuito cerrado parece que el enano se está enamorando más a cada embestida; está delirando, le está prometiendo ahora un estudio propio en El Rosal y una cuenta en dólares en su país natal — ¡encima tiene pasta, el animal ese! Los milagros ocurren a veces... ¿Y si ese va de verdad? Cabe de suponer que el licenciado Keith apreciará en su debido valor el don anónimo de las cartas de un tal Gatopardo depositadas con una escueta explicación en el buzón de su correo privado. Con un mínimo de inteligencia sabrá que le conviene apropiarse definitivamente del engaño. Jimmy The Wildcat… Qué asco, definitivamente ¿Será capaz de leer algo más que un informe de ventas? No importa, de noche, todos los gatos... ya se sabe. Y al menos esta historia se salvará de caer sin remedio en el abismo de la incoherencia. No está nada mal, piensa el escritor algo más satisfecho — en el plano narrativo, digamos, pues en el otro mejor ni hablar con la tamaña frustración que le atormenta el cuerpo. Por un momento considera la opción de satisfacerse solo frente a ese magnífico life show en circuito cerrado cuyo protagonismo le ha sido arrebatado en el último momento.
Pero no.
No va a sabotear un cuento de calidad con un final tan miserable.
Suspira otra vez con la potencia de un fuelle y por nostalgia o pura costumbre, enfoca en la pantalla principal la cámara P472, piso cuatro, Sala de Procesamiento de Datos. El puesto de ella está vacío, claro, ocupada como está con el jefe en el Archivo... Va a ser difícil olvidarla, duro – duro... Pero por el otro lado del escritorio está Olivia, otra solterona empedernida, con menos potencial a primera vista, y también algo mayor y más fea — aunque tampoco su compañera se veía muy atractiva al principio, admítelo. Pareciera que se las buscan así en la Empresa, vaya a saber por qué. Sería un reto experimentar con ella, despertar su sensualidad, ver hasta donde puede llegar. Viéndola bien no es... bueno, la verdad que es espantosa, la Olivia. Pero, ¿por qué ella, por qué allí? No tiene sentido buscar en ese particular departamento ni repetir la misma historia. Ésta — se acabó. Zoom out.
En el panel de pantallas frente a él múltiples cámaras escondidas panean otras salas y otros departamentos, caras herméticas detrás de cada escritorio, vidas herméticas detrás de cada cara, cuentos desconocidos palpitando en cada una de ellas. Poder, él tiene el poder. Introducirse como virus en sus circuitos cerrados, quebrar sus contraseñas y resistencias...
Sólo que esta vez ¡mosca por favor! Discreto y omnisciente. Nada de involucrarse con los propios personajes.
El Gatopardo suspira por última vez, se quita las gafas y comienza a pensar en un nuevo seudónimo.

6 comentarios:

nestoroma dijo...

Más hermoso con el tiempo
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Becalei dijo...

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