martes, julio 06, 2010

LILIANA LARA, o Reflexiones sobre la hermandad del desarraigo


Se me ocurre el término “hermana al revés” este año al principio de junio, mientras espero a Liliana Lara en la parada de autobús, apenas un banco en una mancha de sombra al borde de la carretera. En el aire tembloroso de calor el paisaje plano se desdibuja en el lugar común de hallarse en el medio de la nada, sembradíos que no logro identificar, una que otra construcción industrial, lejanas casas y lejanos árboles. Ella no tarda en llegar en un carro algo desvencijado, se disculpa porque no tiene aire, se disculpa otra vez por no haberme ido a buscar a Tel Aviv, no porque esté lejos sino porque sólo sabe manejar por ahí, en la ciudad no se atreve, dice (y la entiendo). Estamos al sur de Israel, aunque ni tan al sur ni tan lejos: al llegar de Venezuela uno se extraña de lo pequeño que es este país, aquí nada está realmente lejos de nada. Pasamos por la moderna mijlalá (instituto universitario) en Shderot —ciudad tristemente célebre por ser blanco de misiles provenientes de Gaza—donde Liliana es profesora de español, para refrescarnos un poco en el aire acondicionado mientras ella recoge los exámenes para corregir y saluda a sus colegas en hebreo. Luego, carro otra vez, calor otra vez y vamos al kibutz Bror Jail, a su casa, que es grande como pocas y práctica como todas las casas en las zonas rurales de Israel, y la suya además es bonita, con árboles que hacen lo que pueden para crecer en ese lugar y un pequeño huerto donde ella me enseña con legítimo orgullo sus repollos, lechugas y esa maravilla de legumbre que asemeja un rábano dulce, verde y enorme que ahí se llama colorabi, (ninguna de las dos sabemos cómo se llama en español), tan familiar para mí como el resto del ambiente, porque de niña viví mi primer año de inmigrante arrimada en una casa como esa, en otra cooperativa agrícola. Encontrarnos es una fiesta, por supuesto, hablar de la vida y de los libros, de Israel y de Venezuela y del karma que compartimos de tener siempre que explicar a un país cuando estamos en otro, de leer textos y tomar café y más café, de jugar con Sebastián y Emiliana después de recogerlos de la guardería y del colegio con el mismo carro de mamá, y todo resulta especial rozando lo mágico, hasta la aterradora experiencia de cazar a un escorpión negro que apareció en la casa de noche y no es porque abunden escorpiones en Bror Jail: es el primero que Liliana y su marido Damián habían visto en los diez años que viven allí. ¿Acaso ese animal legendario (insecto le queda corto) vino conmigo desde Caracas, escondido malévolamente entre mis cosas, indetectado por las máquinas y los cerberos de tres aeropuertos? (Pero ¿cómo?, si tampoco aquí nunca he visto ni uno.)

Nos conocimos primero por email, cuando me enteré de que el concurso Ramos Sucre lo había ganado una chica que vivía en Israel y pensé automáticamente que se trataba de una integrante de la comunidad hebrea de Caracas. Pero resulta que no, la autora no es de la comunidad, ni es judía, ni nada parecido. Me despertó la curiosidad. El blog de Liliana (Memorias y avatares de una madre intelectual) confirma su condición de inmigrante que llegó a Israel sin ninguna preferencia cultural o empuje ideológico, llegó ahí por puras casualidades de la vida, amor, trabajo, como podía haber llegado a cualquier otro lugar,como yo misma llegué una vez a Venezuela. Sólo que recalar en Israel de ese modo no es muy frecuente.
Luego publicaron Los Jardines de Salomón y me lo trajo Rubi Guerra cuando vino a Caracas. El libro me encantó. Cada una de sus historias corre como un rio manso que nos arrastra en el puro placer de bucear en sus aguas hacia el presentido y temido encuentro con cadáveres y monstruos sumergidos. Lo volví a leer ahora y reitero que el lenguaje parece sencillo y no lo es, y el modo de narrar parece casual y tampoco lo es: ni una palabra sobra. El misterio del talento se une al rigor del trabajo en esa prosa fluida, centelleante y sensible como el mercurio y también ambigua como el mercurio, que parece ligero y no lo es y parece liquido pero nunca se desparrama en vano. Sus relatos evocan paisajes rurales venezolanos, casas grandes con abuelos y abuelas, misas los domingos, oscuros bares y personajes derrotados.
Los jardines de Salomón, que ganó el concurso de Ramos Sucre en 2007, se demoró un año en salir publicado y dos en llegar de Cumaná a Caracas, pero es un excelente libro y las obras de calidad flotan en la conciencia de lectores como manchas de aceite sobre el agua. Sin embargo, que hoy día Liliana Lara tenga renombre y gente que la lee y aprecie, es un milagro de la globalización. Ella sigue siendo escritora venezolana gracias a su libro, pero más aún a su blog (http://memoriasdelamamacita.blogspot.com) y a los cuentos enviados por email a varios sitios literarios, gracias a Internet, Facebook, Twitter y a las amistades que se crean en el mundo virtual. Yo la conocí en persona el año pasado, en Tel Aviv. La acompañé al Instituto Cervantes—pequeño oasis de hispanohablantes cuya existencia hasta entonces ignoraba—; también fuimos a comprar zapatos para sus muchachos y el resto del día se nos fue en hablar de literatura en todos los cafés de la calle Dizengoff. Nos seguimos escribiendo después, nos enviamos capítulos de las novelas en las que estamos trabajando y nos animábamos una a otra con golpecitos virtuales en la espalda. Liliana Lara está en esa etapa de la edad adulta en que uno quiere hacer todo, y lo hace. Aparte de su trabajo de profesora, de llevar la casa y criar dos niños pequeños, también da cursos en el Instituto Cervantes de Tel Aviv y recién reunió el coraje para emprender un doctorado en la universidad de Jerusalén. El tema, aún no está segura, pero tiene que ver con escritores desarraigados. Of course. Hay demasiados trabajos sobre el desarraigo y escritores desarraigados, cualquiera que haya estudiado literatura lo sabe, cuántas diásporas, grandes y pequeñas, cuántas minorías étnicas de inmigrantes, cuánto lenguaje hibrido, cuántos escritores latinos en Estados Unidos y hindúes en Londres, sin hablar de los caribeños que al parecer sólo escriben en el exilio, y los chicanos en Méjico y los turcos en Alemania y el cansancio que me da de antemano el tema. Pero ella, más que formas y narrativas del desarraigo quiere studiar escritores desplazados (sí, esta es la palabra correcta)y la huella de su condición en la narrativa que producen. En esa condición desplazada nos hermanamos, ella y yo, que no representamos a ningún grupo de inmigrantes, somos dos escritoras venezolanas que también son israelíes, dos casos de un desarraigo personal, casual, ligeramente absurdo y totalmente inútil para respaldar los textos que escribimos con alguna solvencia comunitaria. Nuestros textos deben ser auto-estables, aguantarse por sí mismos en la intemperie de su desplazamiento.
A mí me dicen polaca, porque Israel no goza de mucha popularidad últimamente, pero la verdad es que yo crecí en Israel y de Polonia recuerdo muy poco. Crecí en Tel Aviv y, aunque desde hace años no tenga nada mío allí fuera de amigos y recuerdos, camino por sus calles con la seguridad legítima (y no importa que tan ilusoria sea) de pisar territorio conocido, la misma seguridad con la que los personajes de Liliana se desenvuelven en Cumaná o Maturín. En cambio, ella aborda el espacio de Israel como desde la periferia de personajes marginales, con tanteos, toques y vislumbres, con la mirada imparcial matizada de cautela de quien, aunque habite un lugar, solo se da el derecho de describirlo con la extrañeza de testigo externo, sensación que recupero también cuando, a pesar de tantos años de vivir aquí, intento narrar a Caracas.
Provoca pensar que a una generación de distancia somos hermanas al revés, en situación simétrica y opuesta, pero no es así, porque yo al menos escribo español en Venezuela, pero Liliana, tan venezolana como la arepa, egresada de la Universidad de Oriente y magister de la Simón Bolivar, escribe en español en Israel. Ella lo tiene más difícil. Cuando llega por fin de vacaciones a Venezuela, ya no está desplazada en el idioma, pero sí en el espacio, en sus escenarios legítimos; en el Metro le achacan a un niño que busca a su mamá, pero no se ha enterado de que las máquinas están sólo de adorno, ya no conoce los códigos. Sus escenarios favoritos no son las grandes ciudades y se siente más cómoda en ubicar a sus personajes en lugares que figuran menos, que hacen menos ruido: Cumaná, Maturín. Quién de ustedes conoce realmente a Maturín?, pregunta en su entrevista. Especialmente a ese Maturín del pasado, lugar probablemente tan ficticio como esos cuyo aspecto familiar me ilusiona cuando llego de visita a Tel Aviv.
Del hebreo dice Liliana en su blog, con un gran acierto metafórico: soy voyerista en ese idioma, lo denomina “ese otro idioma”, que es el que se habla en la calle y en el kínder donde va su hijito de tres años que a veces deforma sus verbos declinándolos en forma comiquísima, en español. Tal vez no se permite aprender realmente hebreo más allá de su uso práctico, para que la realidad cotidiana siempre exigente no la anegue por completo, que no invada su refugio de palabras. Liliana se aferra a su identidad a través del español, esa es la trinchera desde la cual mira y construye el mundo, desde la cual se proyecta como escritora. Porque - y lo dice en su entrevista - en fin de cuentas, el idioma es la verdadera patria de quienes escriben, y ella, más que nadie, es el ejemplo de ello.

Krina Ber, julio 2010

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Krina, que bello post, yo que lloro de nada no debiera leer estas cosas. Pero mas allá del agradecimiento y el reconocimiento por tus palabras, y al margen del tópico, está el tema de mi autoestima lastimada por ese aguijón de terror milenario, sí, es verdad, aún no he logrado sobreponerme y si bien en la fría estadística se puede afirmar que el escorpión perdió (indudablemente se fue al cielo de los escorpiones y yo aparentemente sigo vivo), tu has sido testigo de honor de su victoria moral, que no fue poca cosa. Su centímetro de altura fue mucho para mi metro ochenta y tres de cobardía y noche a noche su espíritu me visita recordándome que donde hay temor, hay peligro.
Sigo tu consejo y cuando la casa se sumerge en el silencio y las sombras, bajo sigilosamente y enciendo las luces de manera exagerada y repentina, como queriendo verlo, como deseando una revancha, con la secreta fatasía de terminar esa pesadilla con el soberbio pisotón que me faltó a la hora de la verdad.
Nunca lo encuentro.
Por ende, siempre está ahí.

Larguito el comentario, jaja!
Mis disculpas y que estes muy bien, saludos a la dueña de mi corazón, que la tienes ahi cerquita!
Un abrazo,
Damián

krina dijo...

Querido Damián
Qué bien escribes! Ahora entiendo cómo llegaste a atraer a Liliana hasta Bror Jail! Hablando del Rey Escorpión, qué risa que te haya dejado una impresión indeleble bajo la forma de autoestima magullada! La idea de un soberbio pisotón no podría haberte pasado por la cabeza ni a ti ni a nadie frente a un monstruosito blindado de armadura negra, con su aguijón alzado más largo que la altura de un zapato y que de pequeño, no tenía nada, ya que antes de prender la luz pensé que era un carrito de Sebastián. La victoria moral, sí... Sin lugar a duda, ese bicho siempre está allí; se ha colado hasta en este post sin ninguna razón de argumento, seguimiento de ideas o lógica narrativa, no me explico qué hace en mi texto y,sin embargo, estoy segura de que al final será lo que más se fije en la memoria de quien se de el trabajo de leerlo. Entiendo tu necesidad de revancha, pero no deseo en absoluto que lo vuelvas a encontrar (encarnado en uno de sus descendientes) en la cocina de la casa! Un gran abrazo,y qué bueno que te gustó! Espero verte hoy en la librería!!!

Heberto dijo...

Krina, después de varias semanas sin nuestras tertulias, es un placer volver a leerte.
Saludos desde Margarita,
Heberto.