lunes, diciembre 31, 2007

domingo, diciembre 16, 2007

El Diario de Ana Frank


El papel es más paciente que los hombres
Ana Frank


Aun guardo el ejemplar del diario de Ana Frank que mi padre me trajo un día de regalo, una edición de la editorial Plaza&Janes editado en 1967. Gastado y amarillento, cuando lo releo de nuevo recuerdo que tendría yo mas o menos la edad de Ana cuando comenzó a escribir su diario, y cuanto me conmovió su lectura, y todavía lo hace.
El 12 de junio de 1942, Ana Frank, una joven judía, cumplía 13 años y recibió varios regalos, entre ellos, un diario. Era en realidad un cuaderno de autógrafos empastado en tela de cuadros rojos que había mostrado a su padre en la vitrina de una tienda de Ámsterdam.
No es una novela, no son cuentos, es un libro documento en donde leemos el relato de Ana desde unos pocos días antes de que ella y su familia se escondieran para no ser enviados a un campo de concentración, en el anexo de un edificio de oficinas, un achterhui -la casa de atrás- situado al borde de unos de los canales de Ámsterdam, El padre de Ana, Otto Frank, había planificado este escondite al darse cuenta de que tarde o temprano los alemanes vendrían por ellos. Allí convivieron los Frank, la familia Van Pels, y el dentista Fritz Pfeffer, Debían guardan silencio durante el día para que los empleados de las oficinas no los escucharan y unos fieles empleados del señor Frank los ayudaban a abastecerse de alimentos.
Mi primer conocimiento sobre la Segunda Guerra Mundial proviene de ese libro. A pesar de ser dos realidades y épocas distintas, dos continentes diferentes, la frescura, naturalidad y sinceridad de Ana Frank cuando escribe su diario me cautivó desde sus primeras páginas. El mundo de Ana, su mirar hacia dentro, la descripción del anexo, de su familia, su paso por la adolescencia, sus temores y angustias se perciben con la narración sencilla de los hechos. Se puede decir que hay dos aspectos fundamentales del diario que lo han convertido en un clásico de la lectura: su carácter autobiográfico y el episodio histórico que narra.
Una de las cosas que más llaman la atención a través del viaje de la lectura del diario, es ver como Ana logra hacerse de un mundo interior tan rico que le permite sobrevivir el encierro y la soledad. Tomemos por ejemplo la entrada al diario que escribe Ana el día 13 de mayo de 1944, desde la ventana del desván en donde podía contemplar la vista de un castaño: Nuestro castaño está en plena floración, de arriba abajo, con sus ramas pesadamente cargadas en follaje, está mucho más hermoso que el año pasado. El 12 de febrero de 1944 escribe: hace sol, el cielo está de un azul profundo, hace una brisa hermosa, y yo tengo unos hermosos deseos de… ¡todo!!
Ana Frank murió en un campo de concentración, pero su diario trascendió. Es una mirada a la intolerancia, a la guerra, vista por una joven inocente, quien consiguió su propia manera de sobrevivir mientras pudo, en una etapa de oscuridad, tal como ella lo escribió en su diario al momento de comenzarlo: Espero poder confiártelo todo como no he podido todavía hacerlo con nadie, espero también que seas para mí un gran sostén. Y lo fue.

Beatriz C. Calcaño

sábado, diciembre 15, 2007

Querer dar es como una pluma de ganso

a Krina



Conozco un ganso negro
que bate las alas
y suelta una pluma
cada medianoche

flota
se posa en mi
frente y ya no me
asombra verla en
el espejo
cada mañana

mecánicamente
la pongo en mi
bolsillo
hasta que
a una hora incierta
el viento me
reclama que la
lance

y obedezco
sin saber
que hice

viernes, diciembre 14, 2007

LOS DIBUJOS DE LISBOA

Queridos Taparenses
Los quiero mucho, aunque descuidan esta página que es tan buena precisamente porque muy "relax", no tiene ninguna obligación de entrega ni tiranía de competir con otros blogs. Qué mejor sitio para reunirnos, sin diferencia entre los que estamos aquí y los que viajaron.

Definitivamente este año 2007 ha sido para mí de muy buena cosecha. Me cuesta creerlo, pero "Los dibujos de Lisboa" (otro cuento mío reciente de este año) ha ganado el concurso de SACVEN. Nada mal como regalo de Navidad.
Aquí terminan para mí los concursos, como el año pasado con Escribas, se acabaron los talleres.
Espero que logremos a reunirnos (físicamente) este año o al principio de enero, con Juan Carlos y Camilo también, (y Leo? )
También esta vez, adjunto un fragmento de ese cuento.

FRAGMENTO

Recuerdo algo que me dijo una vez: que Lisboa era la patria de su alma, la única patria posible de quienes nacen extranjeros.
(Antonio Muñoz Molina: El invierno en Lisboa)


En las mañanas de invierno, cuando recorría las tres cuadras que separan la casa de la estación de Arroios las aceras olían a pan fresco y café recién colado, las prietas de Mozambique pregonaban pescado y la gente se agolpaba frente a los quioscos leyendo las primeras páginas de los diarios. Hablo de las mañanas de mi tránsito más largo cuando los albures de las crisis económicas venezolanas me habían llevado a vivir allí durante casi un año, medio huésped, medio usurpadora empeñada en plantar en esa ciudad su manojo calladito de raíces. No era algo nuevo para mí, más bien la concentración en estado puro de mi forma de ser en todas las ciudades donde he vivido. Una condición siempre cómoda y excitante y un poco melancólica también, la de ser parte de algo que en última instancia no te incluye ni favorece, pero, por el otro lado, te deja respirar porque eres una extranjera y se te perdonan algunas infracciones al código de esas normas no escritas en ninguna parte que atañen a los verdaderos habitantes. Aquella vez —cuya singularidad se deslíe en mi memoria fundiéndola con muchas otras visitas, largas y cortas, antes y después, en las vacaciones de verano y Navidades— yo vivía en Lisboa amparada en mi identidad de nuera extranjera, esposa del hijo emigrado y madre de nietos, cuñada y concuñada, indiscutible tía de dos muchachos traviesos que me saltaban encima con gritos de júbilo, la tía de América y a la vez una ciudadana en regla con pasaporte y cédula de identidad válida para los próximos diez años. Podía trabajar, y de hecho, trabajaba, e incluso contribuía con los gastos de la casa aquella única vez cuando me había quedado por un lapso de tiempo más largo que el de una visita, cuando Sergio asistía a la escuela pública cerca de la casa y mi suegra cuidaba del pequeño Adán y yo había encontrado empleo en una cooperativa de proyectos en la Rua Frei Cardoso y tomaba el metro cada mañana desde Arroios a Roma entre los olores a café y pan y pescado y gente leyendo periódicos en la calle. También fue en el transcurso de esa estadía – a la que solía llamar mi exilio portugués – cuando un aparentemente inofensivo juego entre Adinha y yo hiciera aflorar las sombras del pasado desencadenando la catarsis de una revelación que ni ella ni yo íbamos a olvidar jamás, aunque nos situáramos después a las distancias habituales y pretendiéramos borrarla del registro de nuestras relaciones como si nunca hubiera ocurrido. Luego la vida retomó su curso, y con ella la Lisboa de antes, adonde yo volvía por unas semanas o días de vacaciones con mis hijos que crecían o sólo con el menor y al final sin ninguno, volvía a una Lisboa cada vez más cambiada, más alejada de mí. En el hall de llegada del aeropuerto la silueta de mi sobrino Fredy sustituyó algún día a la de mi suegro quien ya no podía ir a buscarme pero aún aguardaba en la ventana para ayudarme a subir las maletas los nueve escalones hasta el pequeño cuarto de huéspedes donde mi cama de siempre (la misma donde había nacido Mauro) me esperaba preparada por Adinha con sus sábanas de hilo bien planchadas. La casa olía a limpio y a madera encerada, las planchas del piso aún crujían de la misma manera y el gallo loco en el patio seguía cantando a deshoras desbaratando el tiempo y devolviéndome esa sensación de misterio y felicidad que me sacaba a la calle, como antes, en la urgencia de vistas y olores y de una búsqueda hacía tiempo cerrada, de la que subsistía sin embargo una relación de secreto compartido, algo personal entre la ciudad y yo. Hace muy poco esa misma sensación me golpeó desde las páginas de un libro que me habían prestado porque ya no se encuentra en ninguna parte: El invierno en Lisboa. En finales de los ochenta habría podido hallarlo en Librería Lectura o Suma o Rizzoli: los premios nacionales de la narrativa española seguramente llegaban también a Caracas, pero en esos tiempos yo no leía casi nada fuera de manuales técnicos, revistas y libros de bolsillo con el familiar toque de suspenso de mis detectives favoritos. No tenía idea de que existiera un relato cuyo protagonista, músico y forastero, recorría las calles y plazas de Lisboa como si tocara algún instrumento sensible en la misma clave que yo, de que también para él la ciudad fuera un texto que sólo podía ser descifrado si uno caminaba lo suficiente en ella.
No leía entonces, es cierto, ni tampoco escribía, con la excepción de aquellas cartas que Mauro había conservado. Caminaba, eso sí, incansablemente, Y ese texto que se me ofrecía, trataba de traducirlo en dibujos.

lunes, diciembre 10, 2007

LOST IN DUERMEVELA

Definitivamente un diario no es un blog. Un diario es algo secreto, encerrado bajo llave, sólo para uno. Patéticamente inútil. Pero anoche volví a ver esta película y quise compartir con ustedes este texto que data de febrero 2004, en pleno taller Celarg, cuando la vi por la primera vez

Caracas, 1 de febrero 2004

Voy mucho al cine últimamente: con Luis, mi ex - vecino, el viernes, y anoche con mis dos hijos, Ambar y Sonia. Feliz de que Alan nos acompaña esta vez. Al salir del cine queda excitado, su estado de ánimo hace eco al mío, tanto la madre como el hijo hemos adorado aquella película que se llama Losts in translation y fue dirigida por Francés Cóppola — una mujer por supuesto, no podía ser de otra manera, dice Alan. Tokio, un fin de semana en la ciudad palpitante de luces y sonidos, insoportablemente movida, incomprensible, fatigante. Un actor conocido, —pero que no pretende por eso ser otra cosa que un hombre de mediana edad, esposo y padre, un hombre para quien actuar es una profesión, no más — ese hombre de mediana edad invitado a Tokio para hacer una propaganda de whisky deambula por los espacios de la ciudad y de su hotel de lujo sin sentirse realmente bien en ninguna parte, perdido en un idioma incomprensible, en un ritmo despiadado de ruidos. Ella es mucho más joven, esposa de otro joven, un fotógrafo de moda, también invitado allí, y a veces ya no sabe con quién se había casado ni por qué. Strangers in the night. En la película no pasa realmente nada: sólo una corriente de simpatía, una comprensión y complicidad humana frente al entorno fatigante, intraducible y hostil. Sólo ese entendimiento inmediato, esa intuición de acierto erótico que no se va a comprobar, esa sintonización en la misma nota de sentido de humor y el mismo juego de comprender la vida, como de hecho pasa algunas veces entre desconocidos. Ese algo que hace que sientes una súbita conexión afectiva y mental con un total extraño, y sabes sin saberlo que él siente igual, que te había descubierto entre tanta gente anónima, tanto ruido, tantos cuerpos y caras, tantos pares de ojos opacos a tu luz. Lo miras y le sonríes o no, pero sus ojos te devuelven la sonrisa. Tienes veinte años y eres una entre muchos en una sala oscura, frente al televisor en blanco y negro transmitiendo noticias de guerras y desastres, estás dolida, aterida, atontada de pavor. Y buscas refugio en esos ojos que te miran sin cesar, te reconoces en esa mirada como si parte de ti siempre hubiera estado allí, dentro de ese total desconocido. Luego la avalancha de años que pasan y, sin transición alguna lo vislumbras sentado en la terraza de un café, siempre rodeado de gente sin nombre, en tu sueño te acercas a su mesa y te reconoce, se levanta y te sigue por las escaleras olvidando que todo terminó hace mucho y hace poco también. Ni siquiera ha envejecido en esos cinco años que han pasado desde la última vez, y no hay duda de que es él, pero te volteas y le das la mano y le dices: Selvin. No es el nombre de quien creías haber estado soñando. Otro nombre, de todavía más lejos. Otro de esos milagros de sentir a alguien tan cerca, tan amigo, hermano, (amor potencial, deseo reprimido), tú y él encerrados en una base militar cercada con alambre de púas donde te había reconocido sin falla en un enjambre de personas, uniformes, disciplinas y reglas que nunca comprenderías del todo.
Le dices “Selvin” y te despiertas descubriendo que ya pasó la noche y que has estado soñando, años después de eso y de aquello, te hundes perezosamente en la tibieza de la cama y quisieras permanecer así en la duermevela donde flota aún la incomprensible dicha de los viejos recuerdos junto con la sonrisa de aquel saxofonista negro que tocaba en una boda en Vancouver y los ojos de un profesor desconocido que te saluda a veces en el ascensor del edificio de postgrado, flotan los ojos, flota la dicha, flota la sonrisa hasta desvanecerse como la sonrisa del gato Cheshire y te despabilas del todo con un clavito de felicidad en tu pecho, donde se plantó anoche, al ver una película.

6 de febrero. Caracas, por supuesto

Otro viernes: la semana pasó como un sueño sin soñar, todo bien Krina, sigues preparando tus trabajos del semestre, viernes por la noche, Alex y Ambar se marcharon, Fernando duerme cerquita de mí, Alan se encerró en su cuarto para trabajar. Hoy me toca dormir, dormir, dormir, dormir… Qué flojera para bajar con mi mono de gimnasia y comenzar a dar vueltas por el barrio. Demasiado ruidosa la fiesta. Se metieron en la casa, por supuesto, la rumba desborda y la sala superior se desparrama por las escaleras. Qué carrajo. Rompo los vidrios rabiosa, sistemática, con una flor. Rompo el televisor. El cuaderno. El texto crece y me abarca, ay, me paseo por dentro, lo reviento y salgo por la oreja, con algunas verdades analíticas (buceadas cuando hizo menos frío) como un manojo de algas en mi puño crispado. Y el texto se fisura. Ay mamá. Se derrumba. Debería caminar, yo, para frenar esos disparates. Ay, me estoy durmiendo. Ay quiero seguir, un poquito, poquitito más mientras me estoy durmiendo y no sé qué hago, ni sé qué escribo, quién se desborda dónde por qué ay, no
……………………………………
7 de febreroSábado:
vamos con Rosa a comprar matas y tierra abonada al jardín de la gallega refunfuñona. Luego, sigo con mis penas universitarias. Tres trabajos a entregar al final del semestre. Me sigo preguntando por qué lo sigo haciendo. Encima, me esmero, cómo no, más inútil es lo que hago y más me esmero. Uno diría que sólo me siento bien en los senderos que no llevan a ninguna parte.

miércoles, diciembre 05, 2007

para qué sirve una credencial

¿Sirve tu credencial?

Tengo varias credenciales de los que entrega el CNE a la prensa que dice “no válida para votar”, es decir que no sirve para nada y mucho menos para abrirle paso a uno hacia las máquinas de votación.
Alguna vez intenté entrar a votar usando al acreditación y el oficial a cargo me mandó a hacer la fila de mala gana. Está bien, le dije. Esta vez me acredité después de vencido el plazo y retiré el documento el sábado 1 de diciembre, para insistir en darle uso. Como corresponsal no tengo el tiempo para esperar tres o cuatro horas en una fila, mientras en el país pasan cosas.
El domingo llegué al centro electoral ante del mediodía con una estrategia en mente. Me busqué en la lista y vi la enorme fila de gente esperando para entrar en el liceo (Bello Monte). Me acerqué a los soldados en la puerta y les dice: “Puedo entrar a observar el proceso”. El soldado de la Policía Militar me vio raro y llamó a un oficial que cuando revisó mi credencial si mucho detenimiento.
Meditó un momento y me preguntó si no tenía una credencial de periodista. “Sí, aquí la tiene”. La agarró y se la llevó. Estuvo un rato consultando por teléfono dentro de la puerte del liceo.
Entre los soldados que estaban vigilando estaba un muchacho que tenía tatuado un ideograma chino en el cuello que se le veía claramente y movía amenazante una ametralladora ligera.
Al rato, regresó el oficial y me pregunta: ¿Qué va a hacer adento? ¿Preguntas?¿Entrevistas?
“Si, puede ser. Simplemente ver el proceso”.
“Esta bien, pase”.
Entro. Avancé 100 metros en un camino ascedente y entonces me llaman con gritos a mi espalda.
“Señor ¿para donde va usted? ¿Ustes es miembro de mesa?”, dijo el muchacho del tatuaje y la ametralladora.
“El oficial me autorizó a entrar. Yo soy periodista”.
“Está bien, siga”.
Fuera de las aulas hice la corta fila en la mesa 1 y de prontó un funcionario gritó “mesa 1”.
“Aquí” y entré mientras escondía mi credencial dentro de mi franela.
Mientras hacía la fila para ira al captahuellas, uno de los soldados que me atendió en la puerta se paró a mi lado, hablando con los funcionarios electorales.
Bajé la cabeza, tratando de olcultarme. Recordé que siempre me considero un camalerón, en materia de pasar desapercibido ante las personas que no ven atentamente su alrededor.
De prontó me consigo una antigua vecina que me pregunta por mi esposa y mi hijo, que si cómo te va luego de mudarte, que si Silvio ya se graduó. Y yo buscando darle la espalda al oficial.
Paso a la mesa y nuevamente el oficial sigue revoloteando cerca de mi. “Si me ve seguro que me pregunta: tú no venías a hacer entrevistas y me saca a empujones”.
Pero funcionó mi estrategia camaleónica y segué como si nada hasta hasta la máquina. Voté y me despedí de los funcionarios. Por el camino a la salida volví a sacar la credencial de mi franela y en la puerte estaba el oficial.
“Todo bien, el proceso es un rápido, gracias”, le dije.
“Ok, de nada”.
Debo reconocer que pese a todo fueron amables y ahora guardaré mi credencial como un trofeo, como el recuerdo de un futuro quizás distinto. ¿Sirve tu credencial? Me pregunté y me fui a la oficina a escribir que Baduel fue amenazado con un arma por un tipo loco que lo llamó “traidor” luego de votar en Maracay. Claro que todos tenemos nuestra pequeña historia, sobre todo en la lucha por las libertades.

(esto es anónimo –debo tener cuidado poniéndolo en el internet - e inspirado por una sugerencia de Bea, pero sabrán de quien se trata).